Al pie de la cascada [Albert & Yo]

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Al pie de la cascada [Albert & Yo]

Mensaje por Three Swords el Vie 25 Jul - 8:11





Al pie de la cascada

[Sir William y yo]

-Pensé que te encontraría aquí -la profunda voz de Sir William resuena detrás mío. No me sorprendo porque he oído sus pasos; aunque supiera moverse con sigilo, no posee la suficiente habilidad para evitar ser percibido.

-Y yo creí que estaría ocupado -repliqué, sin ganas. Estoy ligeramente fatigada, y he venido a ese lugar a despedirme, al menos por unos meses.

-Pues la verdad un poco -responde él, sin ganas-. Johnson espera que resuelva ese asunto del contrato hoy por la noche; aunque Candy se empeña en... ¿qué es tan gracioso? -pregunta, un poco desconcertado, y yo me doy cuenta de que he comenzado a sonreír; no puedo evitarlo: cuando converso con Sir William el nombre de Candy aparece tan pronto abre la boca.

-Nada -respondo y soy completamente sincera; aunque él no me cree porque permanece mirándome con sospecha.

-En fin -dice suspirando-. Es bueno ver que ella está a mi lado de nuevo y que las cosas marchan mejor. Después de todo lo que ha pasado este año, creo que se merece un poco de atención.

-Por supuesto -replico. A decir verdad no sé de qué habla; pero supongo que, poco a poco, lo descubriré.

-¿Tienes que cargar siempre esa condenada espada? -pregunta ahora, ligeramente irritado. Nunca he conseguido entender qué le molesta de mi arma favorita.

-Bueno -respondo-. Es que sin ella, me siento un tanto extraña; en especial por estos rumbos.

He dicho la verdad. Desde el día en que descubrí aquella apacible poza, a un lado de la cascada (la misma donde el mismo Sir William me contó, Candy estuvo a punto de morir), me agrada ir de vez en cuando a dar una vuelta; pero nunca olvido la espada: siempre la llevo conmigo. Es un poco tonto, lo sé; pero es mi tontería y son mis ratos más privados.

Ahora es el turno de Sir William de sonreír, y mi turno de parecer incómoda. No sé, pero algo me dice que él me encuentra graciosa; y divertir a alguien no es el propósito de una guerrera.

-¿Sabes? Eres extraña -dice Sir William y percibo que es completamente sincero en su apreciación y pronto comprendo la razón de ella

-¿Porqué? ¿Porque no parezco muy emocionada ante su presencia? -pregunto, sin intentar disfrazar nada. El permanece en silencio, como meditando la respuesta, aunque ha sonreído.

-Creo que por eso le agradas a Candy -responde.

-Ella también me agrada -digo, y es la verdad.

-Es curioso -comenta Sir William de pronto-, no sé cómo preguntar esto, pero tengo qué hacerlo...

-¿Qué quiere preguntarme? ¿Porqué dedico mi esfuerzo a esto?

-No a esto -afirma Sir William, tomando la dirección marcada-. Sino a mí y a Candy... y bueno, también debo admitir que al resto de los Ardley.

-Exactamente ¿cuál es su inquietud?

-No lo sé -responde, y su tono de voz refleja la interesante conmoción que sin duda alberga en su interior; comprendo su dilema: por un lado no desea que me sienta insultada, por otro, le resulta difícil explicárselo a él mismo.

-No. Sir William. No estoy enamorada de usted -le aclaro, y soy completamente sincera. El sonríe, y su sonrisa es más amplia que nunca.

-Por eso he dicho que le simpatizas mucho a Candy

Supongo que es verdad. Con tantas admiradoras como debe tener su amado; debe ser un respiro no preocuparse por una más. No puedo evitar sonreír.

-Lo siento -se disculpa él; puedo notar que no deja de observar la espada-. Es sólo que esta temporada me confundo demasiado.

-Yo también estoy confundida -declaro, de pronto y Sir William enrojece hasta la raíz de sus platinados cabellos rubios.

-¿Tenías que hacerme pasar por esa infernal experiencia de la mansión D'Autremont? -pregunta de pronto, con sentimiento.

-Bueno, era eso o dejar que Candy siguiera enfadada con usted por otro año más ¿le habría gustado esa alternativa? -replico, sin la más mínima sombra de culpa.

-¿Y el asunto del Despeñadero del Diablo? -inquiere ahora, y esta vez, su mirada es severa.

-Bueno, creo que me extralimité un poco; pero no puedo negar que me gusta el drama. Y ambos: Candy y usted, son demasiado buenos personajes como para desperdiciarlos.

-¡Menuda excusa! -protesta; los ojos aún chispeando con disgusto. No me importa demasiado: él se irá pronto y yo también y no nos veremos las caras en mucho tiempo. ¡Ah! ¡Este trabajo es un poco ingrato! El cliente no queda satisfecho de ninguna forma.

-Por lo de las poesías mejor ni agarramos ruta -dice Sir William, y creo ver que una incipiente sonrisa aparece en su apuesto rostro.

-Pero no me puede negar que el asunto de Miena le agradó y también el encuentro en el portal de las rosas -declaro con seguridad. Hace tiempo que aprendí que Sir William esconde un lado excesivamente tierno en él.

-¿Porqué estás aquí aún? -pregunta ahora, y comprendo que no he conseguido engañarlo.

-Porque necesito impregnarme de Lakewood para regresar a las otras realidades. Usted sabe a lo que me refiero.

-Oh sí, ese asunto de la Luna y Escocia -dice y su sonrisa revela que me tiene atrapada en la treta.

-Bueno, alguien tenía que poner en su lugar a ese clan; y los Ardley son tan buenos como ninguno.

-Los Ardley... -interrumpe Sir William, pensativo-. Es curioso; pero tú pareces creer más en nosotros que nosotros mismos.

Al escuchar la frase me quedo de una pieza; no porque piense que es verdad, sino porque comprendo para qué me quedé ahí, al pie de la cascada, aguardando por la presencia de Sir William.

-¿Si sabe porqué mi nick incluye a las rosas verdad?

-No, no lo sé, Mercenaria -declara Sir William con impotencia-; pero Candy tiene la ligera sospecha de que hay más, mucho más de lo que nos dirás nunca. Dime: ¿tiene ella razón?

-Probablemente -respondo y no es que quiera ser grosera; pero necesito meditar, no sólo respecto a mis privados motivos, sino hasta qué punto puedo llegar a revelarlos.

-No sé si creo en los Ardley, Sir William -respondo con franqueza-; pero creo en el amor que he visto en ustedes dos desde el principio; desde hace mucho tiempo ya.

-Pudo ser distinto; es distinto para otras.. -aventura Sir William

-No para mí, señor -le interrumpo-. Y, respecto a las rosas, sólo puedo decirle que son mi juramento de lealtad a los Ardley.

Noto que él se encuentra sorprendido e imagino que es porque no esperaba esa respuesta.

-Créame, Sir William -le pido, tratando de expresar la completa sinceridad que siento-: a donde quiera que yo vaya; serviré a los Ardley. Sólo a ellos.

-¿Es una promesa? -pregunta él y noto que, ahora sí, comienza a sonreír de verdad.

-No es una promesa -aclaro-. sino algo que va más allá de una promesa: un estilo de vida.

Sir William piensa por un momento, mientras su mirada se pierde en el continuo fluir de la cascada. Me imagino que estará recordando de nuevo aquel incidente. Ese asunto es un secreto entre él y yo; al menos hasta hoy.

-No puedo estar triste por su partida ¿sabes? -declara, y comprendo que he esperado esa afirmación desde hace un buen tiempo ya-. Porque si él no hubiera estado aquí aquel día en que Candy se quedó dormida en la barca entonces sí lo habría perdido todo y no me quedaría nada.

-Sir William...

-No. Déjame terminar -interrumpe él, con urgencia-. porque no lo diré otra vez: aquel incidente está en el pasado y allí se quedará. Ni siquiera puedo intentar imaginar una vida sin Candy ¿comprendes?

Comprendo más de lo que él cree. Mucho más. He visto sus tinieblas, y su lucha por conservar un poco de cordura entre los tejemanejes del inclemente destino y sé que no seré capaz de arrebatarle nunca, la razón que ha elegido para vivir; ni siquiera en una idea.

Pienso que el dolor que le agobia es demasiado; pero que no es dolor por lo que ocurrió antes, sino por lo que no desea que ocurra jamás ahora que Candy está, por fin, a su lado.

-¿Algún día... ? -no termino la pregunta, porque su mirada me congela: por un instante he asomado a la agonía que bulle dentro de él.

-No. Jamás se lo diré -afirma tajantemente-. Ella no puede saber lo que verdaderamente ocurrió aquel día en esta cascada.

-Lo sabrá -aseguró yo y no lo hago en balde: todo está en que Candy sume dos más dos y se percate de algunos detalles peculiares para que comience a atar cabos sueltos y construya la telaraña ella solita. No deseo estar aquí cuando eso ocurra: el día en que ella descubra la verdad sobre Sir William y Albert.

-No. No lo sabrá -asegura él, con total confianza. Espero que tenga éxito; porque ocultar es más fácil que explicar esos detalles perdidos en el árbol genealógico, el retrato que Aloy guarda celosamente en su baúl, aquella pintura abandonada en el ático, y los aposentos que jamás se utilizan en Lakewood. Cosas por aquí y por allá que explicarían las lagunas mentales de Sir William tan lógicamente como la amnesia padecida anteriormente. Detalles que acabarían por revelar lo que él celosamente se ha empeñado en sepultar tras el manto de la ignorancia.

Con un suspiro que habla a las claras de la impotencia que siento, le dedico una mirada de despedida mientras envaino la espada; luego, comienzo a alejarme, escuchando a mis espaldas el fragor del agua que cae. Atrás queda Sir William, o tal vez deba decir tan sólo Albert; porque el verdadero Sir William, el apreciado y anónimo jefe de un clan escocés, hace tiempo que acompaña a sus ancestros en un lugar mejor.

El día en que Candy cayó a la cascada aquello no fue un accidente; sino una consecuencia de la locura que atormentaba a un hombre obligado a cargar en sus jóvenes espaldas el destino de un clan entero y, naturalmente, el día en que Candy cayó a la cascada fue el último día de aquel hombre, sobre la tierra.

Albert jamás ha conocido la piedad, si de proteger a Candy se trata.

*~.FIN.~*
A.D. 2010

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El Viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene, ni a dónde va. ( Jn 3, 8 )
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